9 de enero de 2011

Amor ipse intellectus est

En medio del caos propio de los exámenes de Enero, quiero hacer una pequeña reflexión acerca del concepto de amor medieval cristiano.
Me parece muy interesante la reflexión que hace Guillermo de Saint-Thierry cuando afirma que Amor ipse intellectus est, el amor es en sí mismo un principio de conocimiento.
La mística cristiana tiene su gran momento en el siglo XIII, pero bebiendo con fuerza de las fuentes del XII, de intelectuales como el propio Guillermo o su amigo Bernardo de Claraval.
Con un cierto tono neoplatónico, Guillermo defiende que el amor es la base del espíritu humano y que es también una forma de conocimiento intelectual, al provenir de la divinidad y acercarnos más a ella.
Este amor no debe ser entendido en un sentido romántico actual, sino con un tono afectivo ligado a experiencias místicas que buscaban acercarse a Dios a través de una vía ascética.
Todo esto es la base para las grandes mujeres que vivieron en los posteriores siglos XIII y XIV experiencias místicas de gran intensidad, como Hildegarda de Bingen, que en sus éxtasis veía esferas concéntricas celestes, una gran luz incluso con referencias sensoriales.
Frente a una rama más intelectual del cristianismo, la mística y este amor en éxtasis, cercano a la divinidad, preparaba al monje o a la monja para su llegada a Dios. Así podemos entender la afirmación de Guillermo de Saint-Thierry.
Este concepto de amor para ascender al Espíritu es la base de la caritas cristiana, un amor solidario, que busca amar a Dios y al prójimo por encima de todas las cosas: esta idea es la gran novedad del cristianismo. Frente a una sociedad helenística en que el analfabeto era considerado casi un animal, el cristianismo otorgó al mísero un concepto completamente nuevo pero fundamental, el de la dignidad.