8 de octubre de 2011

Arte “moderno”.

Para el público en general el arte contemporáneo es un idioma desconocido. Y con un agravante. Puede tener en común con otros lenguajes el hecho de que no se entienda, pero además sufre de la enfermedad del menosprecio, precisamente por esto. Es el sambenito particular del arte desde las vanguardias.
Se salvan algunos, claro está: se salva Picasso cuando hace pinturas amables y figurativas en su etapa rosa (pero nada de hablar del cubismo analítico), se salva Dalí (en parte por ser un cuasi héroe nacional en la pintura), pero pocos casos más nos vienen a la mente.
La realidad es que no se ha evolucionado desde lo figurativo. Nos hemos quedado en la anécdota.
Para ese público general, anónimo, que acude a las exposiciones actuales, no existe ningún valor en la abstracción, en el readymade, en el apropiacionismo, en el collage…
El problema es más complejo: aún hoy se sigue valorando lo artesanal por encima de lo conceptual.
El espectador, ante una obra de arte actual, se comporta como lo hacía ante una anterior al siglo XX: es un espectador que contempla, no analiza. Por eso la abstracción y todo lo que lleve consigo algo de conceptual asusta tanto (y, por lo tanto, provoca rechazo): no se es capaz de contemplar, aparentemente, nada. Es bastante fácil entender esto ante las pinturas azules de Yves Klein o las de Jackson Pollock; no hay contemplación, no hay paisaje, no hay figuras.
La culpa de esta actitud no es del todo del propio público. No podemos olvidar el peso temporal: siglos de arte figurativo frente a unos escasos años y décadas de arte moderno.
 
Lo que sí debe intentar cambiarse es precisamente ese rechazo natural que se percib ante este arte: en el fondo, todos los estilos necesitan de una explicación (o aquel se contemple una portada románica sólo verá un montón de figuras escultóricas aglutinadas, sin vínculo aparente).
Se debe cambiar el registro: una obra puede o no gustar, pero eso no la convierte en peor respecto a otras anteriores en el tiempo. Es como si el espectador desconocedor de arte visita, por ejemplo, una exposición de arte renacentista y una exposición de expresionismo abstracto: el hecho de observar ambas, siendo ignorante en la materia, le hace valorar más las pinturas renacentistas por el hecho de que, aun no sabiendo qué se está pintando, al menos se puede constatar que el autor sabía pintar. Este espectador se siente, ante las pinturas de Rothko, perdido: no sabe ni qué está pintando ni si de verdad sabía pintar (ese valor que se da a lo artesanal, a la capacidad técnica).
A la hora de apreciar y valorar toda manifestación artística, sea de la época que sea, debemos entender su evolución, su contexto, sus causas y sus consecuencias. Sino, estaremos mirando cualquier obra como espectadores ciegos.
autumnrhythm-pollock