4 de julio de 2011

El cuerpo, ¿fundamento para la praxis artística?

La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que desfigura nuestras vidas. (…) Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación.
“El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde.
El arte nace como un componente inherente al Ser Humano, es su manera de expresar lo que ve y lo que siente, es el modo en que conjuga ambas sensaciones.

Ya desde la Antigüedad el Hombre se convirtió en el centro de la creación artística: el antropocentrismo lo situaba como eje en torno al cual producir un arte más humano y menos colosal. El Ser Humano era el núcleo. Desde entonces, en el desarrollo de la Historia del Arte éste ha sido uno de los planteamientos más desarrollados y afianzados: el individuo como parte esencial de la práctica artística.

Sin embargo, durante el siglo XX esta concepción vivió uno de sus momentos de mayor estímulo y probablemente mayor radicalidad con prácticas como el body art. Me refiero explícitamente a acciones marcadamente violentas (o violentadas) porque el propio artista pasaba a ser un objeto más en la creación artística: no sólo se tomaba al hombre como referencia sino que era el foco de la actividad creativa.

El proceso de desmaterialización de la obra de arte, impulsado por el arte conceptual, adquiría así unas dimensiones trascendentales que aún hoy se encuentran en pleno desarrollo.

Los planteamientos son diversos: Yves Klein, interesado en el cuerpo como receptor y emisor de una carga espiritual que plasmó en sus obras, donde lo vacío y el grado cero del arte era un compendio de lo inmaterial y lo casi místico.

Piero Manzoni, encargado de convertir el cuerpo en un ready made más, capaz de ser una potencial escultura o una obra de arte como tal.

Los integrantes del accionismo vienés, con un interesante contenido crítico a la sociedad austríaca del momento y convertidos en los nuevos practicantes de ritos casi dionisíacos, con sangre y vísceras, donde los cuerpos de los artistas o los participantes eran heridos y lesionados.

En Estados Unidos, por su parte, el desarrollo del arte corporal se vio impulsado también por la influencia de Duchamp y su intento de unir arte y vida, de banalizar acerca de la exquisitez de lo artístico y de convertir lo mundano en algo sublime.

Los soportes tradicionales se abandonaban para tomar uno mucho más cercano e ilimitado: el cuerpo.

El happening y la performance convertían ahora al público en parte de la acción y su participación en esta suponía completar el mensaje del artista.

El cuerpo, pues, es un objeto esencial en la creación artística desde los sesenta del siglo pasado. Y no sólo para el arte plástico como lo entendemos, sino en todas sus manifestaciones: la danza, la música, el teatro…disciplinas diferentes que ahora aparecen conjugadas por este nuevo planteamiento.

Sin embargo, cabe plantearse una cuestión, ¿por qué es el cuerpo un fundamento para la praxis artística?

Probablemente la respuesta más evidente sea la más inmediata: porque es algo realmente innato como tal. Es lo primero que poseemos, y además, lo que tendremos siempre. Es nuestra base y nuestro desarrollo, y al final de todo, será también nuestro desenlace. Nacemos cuerpo: algunos creen en un ente superior como el alma y otros no, pero todos coinciden en lo mismo: la autenticidad del propio cuerpo.

Sin necesidad de ser artistas lo utilizamos a diario, lo transformamos, lo vestimos, lo observamos, lo interpretamos. 

Nuestro organismo nos convierte en máquinas perfectas, con todos los elementos perfectamente coordinados en ese sostén común, el cuerpo.

Planteando esta reflexión, no nos parece, pues, tan descabellado que sea el objeto de la praxis de muchos artistas, aunque paradójicamente sí que resulta extraño que se tardara tanto tiempo en utilizar como tal.

El significado conceptual que cada artista adopta a la hora de interpretar su cuerpo y la relación con su contexto es diferente, pero todos lo ven como un mecanismo de cambio, de transformación, de crítica, de clamor si se quiere.

Podemos afirmar que casi más que ningún otro medio, el cuerpo es explícitamente exterior y se muestra siempre, en mayor o menor medida, a los demás. El artista lo utiliza como pancarta reivindicativa, como llamada de atención.

El desnudo, el disfraz, el color…diferentes modos y un mismo fin para resaltar el mensaje que el autor envía.

El cuerpo es un perfecto método de reclamo. Se utiliza en la moda y en la publicidad con un fin comercial, en las reivindicaciones sociales como toque de atención (como las huelgas de hambre)…Se reinventan y renuevan los cánones de belleza, se promueven ciertos modelos corporales por encima de otros…pero en definitiva, el soporte es común a todas estas manifestaciones.

El artista hiere, enmascara, camufla o mitifica su cuerpo con un fin: el feminismo de Valie Export, la hermosura ideal y casi mística de Santa Orlan, el sacrilegio crítico de Michel Journiac, las acciones ascéticas de Gina Pane en busca de las debilidades corporales, el posicionamiento político y social de Beuys…

El cuerpo no es sólo un fundamento para la praxis artística, es también su base conceptual, su desarrollo plástico y su fin público. Convertir nuestra propia materia en algo artístico dignifica no sólo al propio artista sino al propio arte: conjugar lo que soy y lo que muestro para llamar la atención de los espectadores.

Cuerpo como ente propio y ajeno, como soporte y fundamento, como base y desarrollo, como plasmación y resultado. Un cuerpo dispuesto como materia prima para el análisis y el trabajo artístico. Cuerpo que puede ser lacerado, golpeado, transformado, pintado, adiestrado, consumido… Expresión de anhelos internos y frustraciones profundas, de deseo sexual y de repulsión carnal. Un cuerpo para declarar la guerra o la paz, para la reflexión o para la intervención. Un cuerpo para crear arte.



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Yves Klein: Salto al vacío, 1960. 
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Michel Journiac: Misa para un cuerpo, 1969.
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Orlan: La reencarnación de Santa Orlan, 1990.