23 de abril de 2011

La visión de la Crucifixión según Chagall

En estos días de Semana Santa donde las imágenes religiosas se convierten en protagonistas de las procesiones, me parecía interesante hacer referencia a la Crucifixión (símbolo de muerte y la ejecución) a través de una visión muy particular: la de Marc Chagall.
La Crucifixión, a pesar de ser el símbolo religioso cristiano por excelencia, ha sido representada a lo largo de la historia del arte, bien por artistas vinculados a la religión católica o bien por artistas no creyentes, pero que han usado este emblema como imagen del dolor; en el arte contemporáneo podemos destacar las pinturas de Dalí, de Bacon, de Picasso o de Graham Shuterland.
Sin embargo, personalmente me ha sorprendido el hecho de encontrar la Crucifixión en las obras de Chagall: Marc Chagall (1887-1985) es un bielorruso de ascendencia judía, muy influido por el cubismo, el constructivismo y el expresionismo, aunque en sus obras también encontramos elementos propios del surrealismo y personajes de un mundo personal y propio, tomados de su peculiar contacto con las vanguardias, su estirpe judía, su estancia en EEUU y especialmente lo que marcará en él una influencia notable: el Holocausto.
Aunque existen comprensibles escenas del Antiguo Testamento representadas en sus pinturas, como El rey David, Moisés recibiendo las Tablas de la ley, Abraham y los tres ángeles o El sueño de Jacob, resulta, sin embargo, excepcional el hecho de que encontremos en su repertorio obras como La Crucifixión Blanca de 1938.
A propósito de este hecho tan particular y de estar en Semana Santa, quiero comentar aquí esta obra en la que un judío encuentra la forma de manifestar su dolor a través de este símbolo católico.

La obra se realiza en 1938, en pleno auge y ascenso del nacionalsocialismo y el exterminio judío. En torno a la imagen del crucificado encontramos un enorme número de elementos muy particulares: revolucionarios rusos con banderas rojas (había participado activamente en la Revolución de 1917), judíos por toda la escena que tratan de huir desesperadamente a pie o en barco, una sinagoga ardiendo mientras un alemán nazi arroja al suelo sus objetos, casas en llamas, una torá que también arde…

Toda la obra está cargada de un sentimiento de pérdida y desesperanza, pero, en contraste, el Cristo en la cruz aparece iluminado por una gran luz blanca, la esperanza, que lo aleja del sentimiento general de pesimismo del resto; este Cristo aparece cubierto con el talit (vestimenta judía): es el símbolo de la confianza perdida, la ilusión de salvación.
Esta obra de Chagall, al igual que el resto de su repertorio, está cargada de un misticismo y una espiritualidad peculiares que hacen que su creación se mueva entre lo particular, el surrealismo, el expresionismo…

Un interesante ejemplo para ver el arte de otras religiones, que poco o nada se estudia en la Historia del Arte canónica occidental.

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 Crucifixión Blanca, 1938. Art Institute of Chicago (EEUU)
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 Abraham y los tres ángeles, 1958-1960.
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 Moisés recibiendo las Tablas de la Ley, 1931. Museo Chagall de Niza.