21 de octubre de 2012

¿Tienen que estar las mujeres desnudas para que se las estudie en la historia del arte?

Leyendo estos días el libro “Tendencias. Perspectivas feministas en el arte actual” de Ana Martínez-Collado, he encontrado un pasaje (entre otros muchos) especialmente interesante:
 
El punto de partida de la consideración de lo femenino y su representación está sin duda en la herencia de la dualidad que el mito de lo femenino encierra a lo largo de nuestra historia. Mujeres fatídicas o mujeres concebidas como encarnación del mal, mujeres a las que por tanto hay que negar; y mujeres ideales, mujeres puras (como “María” en la tradición cristiana), que encarnan ese “eterno femenino” que la literatura ensalza como rostro de la salvación: mujeres que en última instancia “no son”, que encarnan su salvífica condición de “sujetos-otros” justamente bajo la aceptación de su “no-ser” tales sujetos. 
En cualquier caso, sujetos otros, enajenados de la historia. Elevados a la categoría de mitos, de leyendas, pero no pertenecientes a la categoría de los sujetos reales, posibles en la historia efectual de una cultura como tales sujetos independientes, autónomos.
Mitos, en última instancia, de la misógina tradición del pensamiento judeo-cristiano, que la modernidad ciertamente acabará por hacer suyos. Lilith es el antecedente de esta imagen.
Tras este interesante párrafo, Martínez Collado alude al libro “Las hijas de Lilith” de Erika Bornay como manual para profundizar en la idea de mujer fatal en la religión.
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Este libro, “Tendencias”, me está suponiendo a nivel personal un necesario revulsivo a la hora de estudiar críticamente la historia del arte, que personalmente me ocupó al menos cinco años de mi vida y en los cuales nunca se sugirió esto. Al final resulta tan importante lo que se cuenta, como lo que no se cuenta.
 
Más adelante, en el mismo libro, se propone otra cuestión sobre la que pensar, muy relacionada a esto:
 
El lugar habitual de la mujer en el arte parecía el de constituirse en objeto -como lugar de la mirada, como “modelo” o musa para el creador varón- y no como sujeto. Lo femenino era tratado como un complemento del hombre, nunca como individualidad.
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Los cambios evidentes en la historia del arte respecto a esto son enormes, la mujer ha tomado en las últimas décadas un papel activo y ya no es mero objeto, pero yo me pregunto, ¿si nunca hubiera leído este libro nunca me hubiera planteado estas cuestiones?
¿Por qué después de llevar más de 40 años con teorías, propuestas, debates y reflexiones en torno a la historia del arte y la incorporación de la mujer, aún no se trata esto en una licenciatura de cinco años?
¿No nos estamos formando como sujetos críticos? ¿no estudiamos, precisamente por eso, humanidades?
Si perdemos el sentido crítico, o mucho peor, si este no es inculca y se enseña, al igual que el resto de materias en unos estudios universitarios, ¿qué queda de la historia del arte? ¿Es una sucesión de fechas, autores, estilos y obras?

Independientemente del interés que se tenga en las cuestiones de arte y feminismo, no puede obviarse la importancia que este movimiento tuvo para replantearse conceptos, proponer patrones alternativos y alterar las categorías “establecidas” en la disciplina.  

Gracias a la conjunción arte y feminismo a finales de los 60 y en los 70 se pudieron subvertir dogmas, plantear multiplicidad de significados y abrir el camino para comprender que es imposible una visión unidireccional del mundo, algo que compete especialmente a la historia del arte, una creación humana.
 
¿Tienen que estar las mujeres desnudas para que se las estudie en la historia del arte? 
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