16 de enero de 2018

Un bautismo pictórico

En Galería Silvestre (Doctor Fourquet, 21, 28012 Madrid, España), del 20 de enero al 10 de marzo de 2018.

 

En un ejercicio casi de médium visual, Almudena Fernández Ortega trae al presente un acontecimiento de 1936. Fue entonces, el 14 de junio de ese año, cuando se celebró “El bautizo monstruo”, que da título a la exposición; se trataba de un bautizo civil, deliberadamente anticlerical, que movilizó a todo el pueblo de La Nava, en la Sierra de Aracena de Huelva, y puso nombre a seis infantes en el río Múrtiga. Estos eran Lenin, Libertario, Límber, Pasión, Redención y Sipenia. Una fiesta multitudinaria y colectiva en la que incluso participaron vecinos de pueblos aledaños y que seguía la sintonía general del triunfo de la izquierda en la zona. Poco les duraría la celebración porque apenas dos semanas después, el 27 de agosto de 1936, las tropas nacionales tomarían La Nava y obligarían a cambiar los nombres a los niños.

“Es la hora de la raposa”, 2017. Óleo sobre lino, 130 x 195 cm.

Sin embargo, el acontecimiento en sí mismo, poco reconocido por la historiografía actual, es traído al presente por Fernández, que repasa a través de sus obras los lugares por donde pudo pasar la comitiva festiva. Los bosques, animales y casas que pudieron haber contemplado, son rememoradas aquí en una conexión directa con el presente vivido por la artista, que creció en esta zona. Se trata de un paralelismo que bebe de la experiencia personal del lugar vivida por ella pero dando protagonismo a esos posibles escenarios olvidados hoy. Con una paleta sobria, donde dominan los negros en contraste a colores pálidos y radiantes, la artista busca recrear lugares fantasmagóricos, cargados de leyenda pasada y de historia presente. No se trata de una gama cromática casual, sino que los recuerdos de Fernández en su infancia en La Nava son utilizados en esa especie de duermevela pictórica. Por ejemplo, su recuerdo de los monteros madrugadores que marchaban al monte en el crepúsculo se refleja en esos azules eléctricos que rodean a los animales en una de las obras.

“Peo de lobo”, 2018. Óleo sobre lino, 27 x 22 cm

Los pequeños detalles, como nidos de lavanderas, arbustos… que la artista recrea en esta serie tienen algo de sobrenatural pero hermoso, sin caer demasiado en lo espectral sino más bien abriendo puertas a esos posibles escenarios de la celebración, con el tamiz de la mirada y lo vivido por Fernández.

“Aquí no hay nada”, 2017. Óleo sobre lino, 41 x 35 cm.

La biografía como marco para el trabajo investigador y plástico es un medio recurrente en el trabajo de esta artista, muy vinculada al contexto rural y especialmente a los trabajos en el campo y la minería, que le vienen de familia. La analogía que establece entre su historia, su recuerdo y cómo imagina que fue la celebración anticlerical se observa también en el cartel que convocaba al pueblo al bautismo, y que ha sido reeditado recientemente, y que Fernández reproduce también; lo acompaña con minerales y un fósil de clypeaster, una alusión directa a La Nava y su idiosincrasia. No es, entonces, casualidad la elección del tema y por lo que este homenaje adquiere un sentido muy especial. La artista, además, investiga incluyendo entrevistas a quienes vivieron la celebración en primera persona y recorre visualmente a través de las obras la sierra intentando trazar el posible camino de la romería. Una mezcla entre recuerdo, memoria y reconocimiento histórico tratado con un absoluto dominio de la técnica pictórica.

Tanto la fiesta de 1936 como la exposición actual son un canto a la vida, una radical defensa de la posibilidad de celebrar.

“El bautismo monstruo” de Fernández es un homenaje a aquellos que se aventuraron a celebrar la vida en un contexto político que sentía florecer el laicismo y la libertad. También es una referencia a esos lugares de la memoria que hemos habitado en nuestra infancia y que nos han llenado la mente de imágenes cargadas de recuerdos felices.

“Sopitas”, 2018. Óleo sobre lino

Tanto la fiesta de 1936 como la exposición actual son un canto a la vida, una radical defensa de la posibilidad de celebrar. Pese a que hace 82 años al bautismo pagano le siguiera una feroz represión, el acto en sí es una demostración de una rebeldía por la felicidad. La presencia misma de los cuerpos, de las vecinas y los vecinos ocupando las calles, la plaza del pueblo, los campos, en una celebración libre es en sí todo un acto radical. Por eso las obras de Fernández, traídas al presente, conectan con esa magia que queda tras la fiesta, esa sensación de que lo que ha ocurrido ha sido único, y que pese a los intentos por borrarlo de la historia, cada vez está más presente. Esos caminos que otros hicieron antes se convierten aquí en imágenes de la propia historia de la artista, que con su paseo y su paleta devuelve al presente la magia y la celebración de entonces. Como decía Machado, “se hace camino al andar” pero es justamente “el volver la vista atrás” lo que nos permite ver “la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

Semíramis González