12 de junio de 2014

Vanessa Winship ficciona en blanco y negro.

El pasado 30 de Mayo se inauguraba la exposición de Vanessa Winship en la nueva sala de la Fundación MAPFRE. El nuevo emplazamiento, situado en la calle Bárbara de Braganza (que le da el nombre), sustituye al que hasta ahora acogía las exposiciones de fotografía, la antigua sede en AZCA.
La sala es distinta totalmente a la anterior, más céntrica (justo al lado de la sede de la Fundación en Recoletos) y con dos pisos.

La muestra de Vanessa Winship es la que inaugura este nuevo espacio. Quizá por ser la primera, lo cierto es que las fotografías de Winship parecen dialogar al milímetro con el espacio. A modo de relato concatenado se nos van mostrando sus distintas series de manera cronológica.Comenzamos en “Estados y deseos imaginados: Travesía de los Balcanes”, serie realizada entre 1999 y 2003. Desde la primera fotografía nos percatamos de que el blanco y negro serán dominantes en toda la exposición.

Imágenes con mucho grano, que pudieran parecer documentales, pero que sin embargo van más allá: los personajes están melancólicos, miran a la cámara con extrañeza, se mueven entre ruinas de un pasado reciente que fue mejor y que ahora se derrumba. Una de las fotografías nos muestra un grupo de personas que miran algo que se escapa del encuadre. No podemos saber qué es y sin embargo nos corroen las ganas por conocer qué es eso que tanto les llama la atención. Los niños levantan su cabeza para ver mejor, un hombre extiende su mano y vemos su palma abierta casi en el centro, como si pidiera algo. Desde luego es una personificación visual de la desesperación, algo nos dice que les falta algo que buscan con tanto anhelo, con ansia.

 
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Su siguiente serie comienza un año antes de terminar en los Balcanes, en 2002, y se prolonga hasta 2010; “Mar Negro. Entre la crónica y la ficción” recoge visualmente el interés fundamental que tiene la fotografía de Winship: no se trata de documentar simplemente sino de indagar en torno a conceptos como la identidad, lo vulnerable, la frontera y el cuerpo.

El Mar Negro es más que un hito geográfico, es lo que reúne y vincula a personas diversas.

En las fotografías encontramos retratos de cuerpo entero en primer plano. Como fondo una pared blanca o el mar visto desde el puerto. La personalidad del retratado es entonces lo que domina en cada imagen. Podemos clasificar a cada uno por cómo se visten, cómo posan, qué actitud tienen. ¿Puede un mar envenenado en sus profundidades ser continente una multitud tal de culturas?

El Mar es aquí más que una excusa, es un contexto.

Crónica y ficción: paisajes y retratos de sus gentes, niños que juegan, bailes, ritos funerarios… todo esto recogen las fotografías que Winship realiza durante ocho años.

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En “Georgia. Semillas que el viento lleva” pasa sólo dos años, 2008-2010. Su primer viaje lo había realizado en 2003, tras la Revolución de las Rosas, encontrándose un país emocionado por el cambio, con un espíritu vital optimista respecto al futuro.

En su serie, comenzada cinco años después, encuentra un contexto distinto: Volví a Georgia en 2008, tras un verano en guerra con su poderoso vecino, y otra vez a finales de la primavera de 2009, poco menos de un año después de ese conflicto. Encontré a mis amigos exhaustos pero vivos, vivos como solo pueden estarlo quienes están tan cerca de la posibilidad de la muerte.

Las fotografías se mueven entre paisajes solitarios sin gente, ruinas de apenas unas pocas décadas, monumentos que se caen y han perdido su sentido, y garabatos sobre la pared, firmas de quienes estuvieron allí antes.

Toda una pared de la sala para los paisajes vacíos; las fotografías se sitúan una al lado de otra a media pared, en un montaje clásico.

Y en la pared de enfrente, en la misma serie de Georgia, retratos en primer plano, altamente expresivos, de aquellos que la artista conoció. El montaje aquí es como una nube, superponiéndose unos sobre otros como un diario. 

 
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El viaje a través de las imágenes de Winship nos lleva después, en el piso inferior, a Turquía, donde sólo pasa un año produciendo, 2007.

Sweet Nothings: escolares de la Anatolia oriental” muestra varios retratos de niñas con uniformes escolares. A Whinsip le sorprende ver que independientemente de la ciudad el uniforme es común en todo el país. Las niñas se sitúan a la misma distancia en todas las fotos, intentando la fotógrafa que el propio uniforme y la expresión de su rostro sean los elementos diferenciadores, que muestren la emoción y la posibilidad, el cambio de la infancia a la edad adulta, su extrañeza al situarse frente a la cámara, todo eso a la vez. Las chicas sentían una mezcla de emociones ante este acontecimiento, este pequeño momento teatral frente a ellas. Estaban emocionadas, intrigadas y un poco nerviosas.

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Vanessa Winship es natural de Barton-upon-Humber, un pequeño pueblo en la costa este de Inglaterra. A su lugar de origen dedica también una pequeña serie realizada en 2010 con el nombre de “Humber”. Son grandes paisajes solitarios que le traen a la memoria recuerdos de su niñez junto a su hermana. Son fotografías evocadoras, evocaciones visuales que todos hemos tenido: las sensaciones al visitar lugares de nuestra infancia cuando ya somos adultos.
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Sus dos últimas series, las más recientes, cierran la exposición. 

Entre 2011 y 2012 realiza “she dances on Jackson. Estados Unidos”, donde se pregunta, a través del relato visual sobre la posibilidad del sueño americano, ese gran desconocido y tan ansiado por todos, ¿existe realmente?

Winship fotografía paisajes típicos americanos, tanto ciudades como paisajes, y los personajes de sus fotos revelan su origen con pequeños elementos que los distinguen de cualquier otro, como vemos en algunas fotos a hombres posando con sombreros vaqueros.

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La más reciente, de este mismo año 2014, es su serie en “Almería. Donde se encontró el oro”, proyecto realizado con el apoyo de Fundación MAPFRE. Inspirándose en la obra “Campos de Níjar” de Juan Goytisolo, Winship ve el sur español como una tierra de desarraigo y anonimato. Estas series de fotografías crean un conjunto de oraciones visuales que hablan del anonimato, de la naturaleza del trabajo, de la presencia en la ausencia, del ciclo de la vida que se repite, persiste y sigue adelante.

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A lo largo de toda la exposición las fotografías se encadenan con los textos situados al lado de cada serie. Se crea así un relato visual constante reforzado por la palabra escrita por ella misma. Esto nos permite entender mejor en cada pieza qué es lo que le inspiró y por qué decidió fotografiar así.

Sin duda esta muestra de Winship es perfecta para ver su interés constante, desde la primera imagen a la última, no en el documentalismo sin más sino en la poética propia, en la capacidad que puede tener una fotografía de mostrar una realidad difícil a través de las emociones de los habitante del lugar. Es imposible abstraerse de las miradas y los gestos de quienes aparecen retratados. Son testigos de lo que en esos paisajes ha ocurrido, y como tal, su relato es imprescindible.

La exposición de Winship en la Fundación Mapfre es una novela visual que recoge los testimonios de las personas que vemos en cada fotografía.